Ahora resulta que hasta tiene nombre: “Rodríguez”. O sea que, en esos 12 días en que me dediqué al exquisito placer de hacer lo que me diera la gana, dejé de lado mi apellido y pasé a ser “Rodríguez”.

summer-814679_1280Me explico: “Estar de Rodríguez” es una curiosa expresión española que se refiere a cuando una persona, originalmente el marido, se queda sola en casa mientras la pareja y los hijos, si los hubiera, se van a vacacionar a otra ciudad.

Según logré investigar, el origen de la frase, que fue muy popular en los años 60 y 70, es confuso, pero la explicación que me pareció más cierta, y también más chusca, es que al quedarse sólo el marido aprovechaba para echar una cana al aire y en sus escapadas nocturnas daba a sus eventuales conquistas el ficticio y común nombre de “Rodríguez”.

Al paso del tiempo, la expresión cayó un poco en desuso pero también evolucionó junto con la situación social. Como ahora también la mujer trabaja, y a veces es la que se queda sola en casa cuando la familia sale de “veraneo” (como llaman los españoles a sus obligadas vacaciones de cada mes de agosto), pues ahora no sólo existen “los Rodríguez”, sino también “las Rodríguez”.

Y yo me sumé a sus filas por relajados 12 días, mientras mis hijos visitaban a mi esforzado marido que trabaja en lo recóndito del sureste mexicano. ¡Y cómo disfruté la soledad! Leer cuanto quisiera, ver películas hasta hartarme, comer cuando me diera hambre y lo que encontrara, dormirme a altas horas de la madrugada y despertarme… bueno, cuando pudiera.

Sin embargo, el gusanito de las obligaciones cotidianas no me dejó en paz, y aun cuando estuviera muy resuelta a “hoy no hago nada”, me ganaba el remordimiento y algo me ponía a ordenar, limpiar o acomodar. No importa, también lo hice porque quise, no por obligación.      Hace unos días, una amiga publicó en Facebook que cuál era la diferencia entre hacer las cosas por obligación y hacerlas “porque me da la gana”. ¡El gusto al hacerlas! Así de simple.

También me dio tiempo de reflexionar un poco sobre mi nueva etapa como madre de dos adolescentes que ya dan los primeros pasos de su propia vida. Tengo que esforzarme por “hacerme a un lado y dejarlos vivir”, como se lo comenté a una amiga por teléfono y se lo escribí a mi hija en una breve carta de despedida ahora que se irá a estudiar lejos (bueno, a 170.54 kilómetros de distancia, para ser exactos, pero para mí ya es mucho).

Pero entonces, ¿ahora qué voy a hacer? Ni modo que me instale en ser “la Rodríguez” eternamente. Unos días está bien, pero más bien tengo que buscar actividades que llenen mi vida y de las cuales en algún momento quiera descansar y “estar de Rodríguez”. Escribir es una de ellas, y con esto empiezo mis divagaciones literarias que espero aporten a quien se moleste en leerlas un rato de distracción, un poco de diversión y, con suerte, un motivo para la reflexión… y el cotorreo ¿por qué no?

Hasta la próxima…