Un año pasa rápido. Lo dicen todos tratando de consolar al que se irá lejos, o a quien sufrirá su ausencia. A quien estará doce meses privado de algo, o al menos desempeñando una actividad que le disgusta. A quien tendrá que esperar 365 días el cumplimiento de una promesa, o el final de un ciclo. Sí, también a quien aprovechó las “promociones” de mensualidades sin intereses y luego se sintió abrumado por el abono.

female-865110_1920-1Pero pregúntenselo a cada una de esas personas o, simplemente, a un niño que mide el paso del tiempo con cada festejo de cumpleaños. Es eterno. A mí me ha parecido eterno, y ya no soy una niña. ¿Quién lo diría? Mientras lo vives en un transcurrir de días monótonos, las cosas casi se inmovilizan durante un año. Lo notas, quizá, en los niños que se vuelven jóvenes y los jóvenes que se hacen adultos, en los árboles que dan más sombra, en las construcciones que se concluyen, en tu auto que empieza a dar problemas mecánicos. Pero basta con iniciar el conteo de ese plazo a partir de algo que trastorna la cotidianidad para que un año se vuelva excepcional. Y éste, para mí, lo ha sido.

He hecho anotaciones en un diario cada uno de estos días. En él relato las experiencias que me hubiera gustado que compartieras conmigo. Lo he llenado de nimiedades, de actividades cotidianas, de momentos casi estériles. Pero también de añoranzas, de sucesos extraordinarios, de emociones latentes. Día con día sus páginas han perdido su blancura inmaculada para llenarse de palabras que ansían encontrar un eco en tus oídos; para cubrirse de líneas manuscritas a veces con cuidadosa precisión, otras con trazos apresurados. Este sencillo cuaderno se ha convertido en el receptáculo de mis acciones, el terapeuta de mis emociones, el testigo de mi historia.

Abro mi diario en la primera página. “Viernes 12 de junio”, dice el encabezado. Y, en una tinta negra que aquí y allá parece acuarela por las lágrimas incontenibles que cayeron sobre el papel, pongo: “Acabo de verte partir. Fue una despedida muy concurrida. Aparte de nuestros padres y hermanos, parece que todos nuestros amigos quisieron estar ahí. ¿Notaste acaso mi presencia en medio de todos ellos?” Un apunte breve, lleno de tristeza, anhelante de tu compañía.

A la semana, tu ausencia me ahogaba. “Sábado 20 de junio. Hoy me has hecho mucha falta. Desperté en medio de un mal sueño y quise voltear y abrazarte, buscar tu consuelo y protección. No estabas a mi lado. ¡Qué desesperación! En ese momento te necesité enormemente. Sentí un gran desasosiego, una inquietud que sólo pude calmar con el recuerdo de esos momentos que me convencieron de tu amor. ¡Ah, cómo te extraño!”

Hojeo una página tras otra, me sorprende cómo la vida sigue su curso. “Lunes 10 de agosto. ¡Vaya vacaciones! Interminables. Pero ya acabó el ocio veraniego. Se reanudan las actividades en la escuela, el bullicio en los pasillos, el aburrimiento en algunas clases y la enriquecedora discusión intelectual en otras. Ahí están los amigos; los tuyos, los míos y los nuestros. Todos notan la ausencia”.

Me estremezco de nuevo al leer los arrebatos de una mujer solitaria. “Martes 22 de diciembre. Todo es alegría y alboroto. ¡Si pudieras estar aquí conmigo! No me saben igual. Creo que me voy llenando de amargura. Veo sonrisas en todos los rostros, y trato de imitarlos. Me pongo frente al espejo y me obligo a elevar la comisura de mis labios. ¡Eso no es una sonrisa, es una mueca! Una sonrisa nace desde dentro, no es un simple gesto. Y yo me siento muerta. ¡Qué lento pasa el tiempo! ¡Apenas ha transcurrido medio año! ¿Por qué será que en soledad los días se vuelven más largos?”

Serán más largos, pero no dejan de avanzar inexorablemente. Y también inexorablemente las personas cambiamos, crecemos, evolucionamos. Noto que con el tiempo empecé a escribir más para mí que para ti. ¿Cómo pudo ser? ¿Por qué mis secretos ya no te los cuento a ti sino a mí misma? “Miércoles 3 de marzo. Me gusta estar sola. Me gusta la quietud de mi entorno. Me gusta decidir libremente qué quiero hacer y cuándo. Ahora sé que una cosa es estar sola y otra sentirme sola. ‘La soledad es muy hermosa, cuando se tiene alguien a quien decírselo’, leí alguna vez. Este diario se ha convertido en ese ‘alguien’. Tú, mi diario, eres el depositario de reflexiones, exabruptos, confidencias que antes sólo le contaba a él”.

Ahora releo este diario y veo cómo las acciones y momentos emotivos ahí plasmados atemperaron mi carácter. He crecido internamente, he ganado en sensatez y templanza. Sin aquel hecho que dio inicio al conteo de estos 365 días, esos cambios se habrían diluido en el transcurrir imparable del tiempo.

Y el año se ha cumplido. Abrí el cuaderno para hacer las últimas anotaciones. Dediqué un momento a hacer un repaso de lo ya escrito, y me perdí en divagaciones. Finalmente, me decido y anoto sucintamente: “Sábado 12 de junio. Hoy se cumple un año de mi muerte.”