No hay plazo que no se cumpla… y ya este miércoles acompaño a mi hija a dejar sus cosas a la ciudad donde continuará sus estudios. Todavía no se quedará allá, pues ganó un viaje a un festival de música y se va con su hermano el jueves. Regresa el lunes por la noche de «pisa y corre», como aquel memorable personaje de la película «A toda máquina» («¡Ya llegué vieja! ¡Ya me voy vieja!»), y el martes temprano sí la llevo ya casi directamente a la escuela.
Para efectos prácticos, hoy es la última noche que duerme en su cama, y me entristece. Después de un día caótico, finalmente la vi empacando su ropa y algunos libros. Está emocionada, contenta e ilusionada; la veo feliz y me propongo no ponerme melancólica. Volverá para vacaciones y ésta seguirá siendo su casa, pero entramos en una nueva etapa, las dos.
Como se lo expresé en un breve texto que le redacté por su partida, ahora no sólo aprenderá en la escuela, sino que aprenderá mucho más en la vida. Yo, por mi parte, asumiré mi nuevo papel de «madre testigo» e intentaré hacerme a un lado y dejarla vivir. ¡Es la ley de la vida!
Tere, ya me llevas ventaja y he de aprender de ti… Me encanta cuando posteas que tu nena está de regreso en casa y los agradables momentos que pasan juntas… Un abrazo!
Asi es, no hay mas que hacernos un lado y ser testigo como dices, es dificil para uno tener que aceptar que los hijos crecen, y cada vez que se van le queda a uno un vacio enorme. Recuerdo la primera vez que tuvimos que llevar a mi hija a la universidad, para mi fue peor que cuando la lleve al kinder, eran emociones encontradas, pero me propuse ser fuerte y no llorar por lo menos enfrente de ella, y lo logre, el problema fue cuando llegue a la casa y vi su recamara vacia, ahi fue donde me cayo el veinte, que no estaba, pero la alegria fue mas grande que la tristeza, pues la dicha de saber que estan siguiendo su sueno hace que se te borre todo lo malo.