Nosotros los engendramos, los cuidamos, los criamos y los guiamos… pero no somos ellos. Nuestros hijos son personas diferentes a nosotros, y cuando dejan atrás la adolescencia el no reconocer esas diferencias es lo que genera los conflictos.
Compartimos antecedentes familiares, un mismo entorno y, si supimos predicarlos e inculcarlos, los mismos valores. Pero cuando hablamos de gustos, creencias y ambiciones, somos distintos. Ya no digamos en cuanto a habilidades, capacidades y conocimientos.
Esas diferencias pueden deberse simple y llanamente a la brecha generacional. Y en unas familias es más marcada que otras y no tiene nada que ver con la diferencia de edad. Hay padres jóvenes que se cierran a los cambios de su ambiente y padres viejos que tratan de llevarle el ritmo a la sociedad actual.
¿Por qué, entonces, tratamos de decidir por ellos muchas cosas? ¿Por qué nos sentimos inclinados a elegirles qué ropa ponerse y qué música escuchar? ¿Por qué, en los casos más graves, intentamos imponerles una profesión, eso a lo que dedicarán el resto de su vida?
Si supimos encausarlos, debemos confiar en sus elecciones. Saben más cosas que nosotros a su edad, tienen más capacidad para tomar decisiones y han desarrollado más habilidades gracias a los avances tecnológicos que están presentes en todos los aspectos de su vida.
Nosotros también nos vestimos «raro» en nuestros tiempos y también nos dejamos llevar por la moda musical del momento (aunque ahora nos dé pena admitirlo). Y, a la hora de decidirnos por una carrera, ¿cuántos de nosotros descubrimos tardíamente que podíamos haber tenido más opciones que la que elegimos?
Yo sí me lo he planteado. Estudié Ciencias de la Comunicación, un poco influida por mi padre, que me vendió la idea del periodismo, ¡a mí que era la muchacha más introvertida y tímida que se pudieran imaginar! No me fue mal, pero ¿qué habría pasado si me hubiera inclinado desde un principio por la literatura, los idiomas o ¡la ingeniería industrial!?
Es triste enterarse, a estas alturas, que aún hay padres de mi generación que intentan imponer en sus hijos una profesión o de plano les truncan sus anhelos. Es más triste aún cuando uno conoce al joven o la chica y reconoce en ellos la capacidad para tomar sus decisiones, su pasión por una rama específica del conocimiento, su entusiasmo por emprender su propio camino, su compromiso con un proyecto de vida bien trazado.
Acabo de enterarme de un caso así. A sólo tres días de iniciar entusiasmada sus estudios en otra ciudad de la carrera que le apasiona, una amiga de mi hija regresará a instancias de su padre para cambiarse a la profesión elegida por él. ¡Qué pena que todavía se den estas cosas!
Debemos darle a nuestros hijos un voto de confianza. Debemos dejarlos tomar sus decisiones, y rectificar a tiempo cuando haga falta. No podemos conocerlos tan a fondo, ni al nuevo entorno en que se desenvuelven, como para saber realmente «lo que es mejor para ti». Son nuestros hijos, pero son personas independientes, con sus ideales, sus sentimientos, sus emociones, sus capacidades, sus competencias y sus conocimientos. ¡Hay que dejarlos ser ellos mismos!
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