¡Llegó el circo! Los niños se emocionan al ver las luces y carpas multicolores. Los papás hacen cuentas para ver cuánto tendrán que apartar de la próxima quincena para asistir.
Grandes carteles prometen hazañas extraordinarias y alrededor surge todo un zoológico. Además están las casas rodantes de los artistas, todo un mundo aparte donde también se desarrollan hazañas increíbles y cuyos ocupantes también conforman una especie de zoológico humano.
He visto circos realmente espectaculares, grandiosos, deslumbrantes y asombrosos. Pero también otros que dejaban traslucir su pobreza. La gloria del éxito contra la decadencia del fracaso. De las veces que llevé a mis hijos a estos espectáculos, me queda el recuerdo de uno que entraba en la segunda categoría.
Mientras mis niños se maravillaban con los animales salvajes, las piruetas de los trapecistas y las actuaciones de los payasos, yo veía cuerpos esqueléticos y pelajes opacos; rasgones en los leotardos; desaliento en la monótona repetición de los sketches.
¡Qué pena! Sí, lo vi con mis ojos adultos.
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