Me he tomado mi tiempo para digerir lo ocurrido en el Casino Royale de Monterrey. ¿Una tragedia evitable? ¿Un acto de terrorismo? ¿Un medio para amedrentar a los empresarios y que se plieguen ante los cobros por concepto de «seguridad» que les exige el crimen organizado? ¿Un ejemplo de la ineficiencia de las autoridades para regular este tipo de establecimientos? ¿Una demostración de fuerza de los criminales ante la firme campaña del gobierno en su contra? Un poco de todo eso, creo yo.

Ahora me alarma ver la reacción del pueblo de México. Como comenta mi hija universitaria, todos los que expresan su repudio al gobierno federal no hacen más que hacerle el juego a los criminales. Sí, yo también opino que esa es parte de su estrategia: Imponer el miedo entre la ciudadanía para que se exija el fin del combate al crimen organizado, y lo más grave es que, en algunos casos, la gente lo hace azuzada por partidos políticos que con ello demuestran su total irresponsabilidad.

Otra joven universitaria, estudiante de criminología, publicó en su muro de Facebook algo que a mí me sonó muy sensato: «El gobierno no es el único culpable de la situación actual, cada espejo en el país tiene la imagen de cada uno de sus cómplices algunos de ellos consumen la porquería que otros venden (drogas, pornografía, prostitución, piratería, etc.) y muchos otros se ahorran sus denuncias…».

Son las voces de la juventud, de quienes están iniciando su educación superior y que ven -con espanto, supongo- la situación del país que debe darles oportunidades de desarrollo y progreso. Como ellas hay muchos otros jóvenes con proyectos de vida muy concretos y con ánimos para buscar y aplicar soluciones, y sus voces tienen eco en los dirigentes de dos de las principales instituciones educativas de México.

Tanto el rector del Tecnológico de Monterrey, David Noel Ramírez Padilla, como el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Ramón Narro Robles, hicieron mención en las últimas horas de que la responsabilidad de lo que está ocurriendo es de todos; y con «todos» se refieren a nosotros, los ciudadanos comunes, también.

En una conferencia dirigida a padres de familia, Ramírez Padilla habló de que la situación que vivimos es consecuencia de una «pérdida de la moral», que se entiende como la ausencia de «valores y normas que nos permitan vivir dignamente», e insistió en que nos corresponde a los padres «tatuar» esos valores en nuestros hijos para que sepan discernir el bien del mal y tengan el carácter para decidir lo correcto. Estoy totalmente de acuerdo.

Entre los valores que mencionó están honestidad, respeto, esfuerzo, solidaridad, responsabilidad, patriotismo… Nada extraordinario ni descabellado, ¿verdad? Pues quizá para algunos de nosotros no, pero ¿cuántos hemos presenciado, en todos los niveles socioeconómicos, ejemplos de la falta de los mismos?

Muchas personas hablan de que la falta de valores está relacionada con la ausencia de oportunidades económicas o educativas para los mexicanos. ¡No! Nada más alejado de la verdad. Yo he convivido con personas de escasos recursos que nos dan una lección de solidaridad, respeto, honestidad y responsabilidad; pero también he tenido contacto con gente con gran poder adquisitivo que carece de todo ello, tanto que sería un insulto calificarles como de «clase alta» cuando demuestran su bajeza en sus acciones.

Por su parte, el rector de la UNAM, en una sesión del Consejo Universitario, afirmó que la responsabilidad ante lo que vivimos es de todos, y habló de la «incapacidad para tomar acuerdos generales» entre los partidos políticos, a los que demandó que dejen de lanzar culpas y se responsabilicen.

En mi opinión, estas posturas partidistas, que buscan sólo «acarrear agua a su molino» sin que les importe el bienestar de nosotros, los mexicanos, son bastante obvias y alarmantes. Más inquietante es cuando algunos medios de comunicación les siguen el juego, dado su nivel de influencia entre una población mal informada y asustada, y también con el único fin de posicionarse ante el que será «el bueno», ante quien suponen llegará al poder.

Como ya expresé en diálogo con una buena amiga, esos medios de comunicación deben apoyar la lucha de frente contra el crimen organizado, en lugar de estar achacando la culpa de los actos de violencia a las autoridades que buscan ponerle freno a ese flagelo. Estoy de acuerdo en que la estrategia del gobierno es perfectible, que hay muchos frentes que no se están cubriendo.

No estoy de acuerdo con el ex presidente Fox en que se pacte una «tregua» con los delincuentes, pero sí en que se convoque a la comunidad internacional para que nos ayude a combatirlos. En realidad, éste es un problema que traspasa fronteras y tanto otros países productores como otros consumidores deberían ser partícipes en esta guerra.

Algunas de las acciones que podrían fortalecerse o emprenderse serían: Cerrar herméticamente las fronteras al tráfico ilegal de drogas y armas (lo cual significa también erradicar la corrupción),  promover programas de prevención y desintoxicación, imponer penas más duras para los que sí son detenidos, instaurar un sistema judicial más fuerte que no deje espacio para la corrupción y la intimidación (protegiendo tanto a los testigos como a los jueces), una prensa que se ponga del lado que debe ser y que no nada más vele por sus propios intereses, la introducción de un sistema para detectar y frenar las operaciones financieras relacionadas con el narcotráfico (que dado el volumen de dinero que manejan, deben ser fácilmente detectables), promover la denuncia ciudadana asegurando un verdadero anonimato, generar más y mejores opciones educativas para los jóvenes, y más y mejores oportunidades de empleo…

¡Son tantos aspectos y tantos factores! Es muy complicado, pero con muchos actores, en sectores distintos, participando con el mismo fin tendremos avance. Nuestra esperanza radica en que finalmente todos -autoridades, medios de comunicación, partidos politicos, asociaciones empresariales, instituciones educativas, organizaciones civiles, líderes religiosos y ciudadanos comunes- nos unamos contra el enemigo, que es uno solo: el crimen organizado.