Los viajeros empiezan a llegar a la sala de espera. Hasta aquí todo es como suele ser. Regularmente, a menos que vayan en parejas o grupos, y que estos sean muy alegres, los presentes guardan silencio. Pero de pronto, una mujer se aproxima y saluda a otra. Al rato ya son varios los que se encuentran con personas conocidas. El área frente a la puerta de abordaje ya parece plaza pública, con charlas cacofónicas a mi alrededor.
¡Qué extraño es esto de tomar un vuelo con destino a una ciudad pequeña! Ese anonimato presente en las grandes ciudades y que se extiende a los medios de transporte utilizados para llegar a ellas, se pierde cuando el destino es una localidad donde se conocen unos a otros, aunque sea de vista. El gusto de encontrar a alguien conocido en un lugar ajeno los une.
El vuelo se convierte en algo parecido a un tour turístico después de los primeros días, cuando los participantes ya se han familiarizado unos con otros y comparten chanzas y anécdotas. El zumbido de las charlas no cesa, aunque lo amortigua un poco el rugir de las turbinas y el susurro del aire acondicionado.
Uno, que nada más va de visita a esa ciudad y se siente marginado de esa socialización, llega a asumir el papel de un investigador que observa a distancia el comportamiento de un grupo en vías de extinción; tratando de captar todo lo que ocurre pero, al mismo tiempo, pasando inadvertido.
Al final, llegamos con algo de anticipación a nuestro destino. Eso es un buen punto a favor para la aerolínea, que con ello cumple con creces su promesa de puntualidad. Pero, me pregunto, ¿esa promesa no incluye que uno pueda abandonar el aeropuerto rápidamente?
Es una terminal aérea pequeña, y desde el área donde se debe recoger el equipaje vemos a los empleados descargando nuestras maletas en los conocidos vagones. La banda transportadora empieza a funcionar, todos nos arremolinamos a la espera de verlas aparecer. Pasan los minutos y ¡nada!
A la distancia vemos abandonados los dos carros del equipaje en medio de la pista. ¿Qué pasa? ¿Dónde están el remolcador y los empleados? Los pasajeros, evidentemente sin prisa alguna, retoman sus conversaciones y aprovechan bien el tiempo. Quienes, por una razón u otra tenemos urgencia de partir, empezamos a desesperarnos.
Treinta minutos después, vemos aparecer al remolcador tirando de los carros con el equipaje de los pasajeros que partirán en el mismo avión que nos trajo. Después de cargar esas maletas en la aeronave, los empleados finalmente enganchan los vagones abandonados y se acercan a la sala donde todos esperamos.
«¡A ver a qué hora!», les grita un hombre muy molesto. «Ese señor está enojado», comenta otra pasajera, ella sí muy quitada de la pena. Las maletas comienzan a circular y, afortunadamente, la mía es de las primeras. La tomo y salgo apresuradamente.
Después pienso que me hubiera gustado quedarme a ver el comportamiento de los demás. ¿Se demorarían aún en las despedidas? ¿Prolongarían un rato más sus conversaciones? Esa parsimonia, esa falta de apuro, esa actitud de «pasarla bien» aún en circunstancias como la vivida es, sin duda alguna, parte de la definición de «campechanear».
Jajajaaja, hasta parece que fuiste conmigo a Lubbock, te lo juro que esa fue mi vivencia la semana pasada…
¿En serio? Pensé que eso sólo pasaba en vuelos de aerolíneas de bajo costo a ciudades pequeñas del sureste mexicano… ¡Tendré que cambiarle el título! =D