«A pesar de su aspecto frágil, es un asiento muy resistente», argumentó el vendedor mostrando a la potencial clienta una silla para playa hecha de tubos de aluminio y un lienzo de lona de rayas multicolores.
Ella, recelosa, tomó el mueble en sus manos. «¡Vaya que es ligera!», pensó. «No será problema llevar un par de ellas desde el auto hasta la playa. ¡Con eso de que Alberto nunca me ayuda!»
Quiso probarla y sentarse en ella en pleno pasillo de la tienda. Otros clientes la observaban; algunos directamente, otros con discreción. Bueno, ¡es que no es lo mismo medirse un par de zapatos que comprobar la utilidad y comodidad de una silla para playa!
De por sí esos asientos son un poco incómodos. Muy bajos e inestables, esto último como resultado de su ligereza. Sentarse, a menos que uno tenga una excelente condición física, representa un simple «dejarse caer», con el anhelo de que la silla no se mueva en el último momento y aterricemos de plano en el piso.
La señora, no muy voluminosa para sus cincuenta y tantos años, tampoco se veía como una de esas mujeres que a determinada edad se vuelven obsesivas con el ejercicio y la figura; lo cual no es censurable, a menos que les dé por comportarse como las jovencitas a las que se quieren parecer.
El vendedor quiso acercarse a sostener la achaparrada silla, pero la mujer no se lo permitió. «Si he de comprobar qué tan cómoda me puede resultar, lo tengo que hacer sola», dijo, y explicó: «Al fin y al cabo, mi marido hace tiempo que dejó de lado la caballerosidad conmigo».
Esa declaración atrajo más la atención de otras mujeres, quizá en la misma situación, y el alejamiento de algunos señores, quienes posiblemente se sintieron aludidos y quisieron huir de una posible discusión en ciernes con sus cónyuges.
La clienta dejó a un lado su bolso y se dispuso a sentarse. Colocó la silla a sus espaldas y primero intento apoyarse en uno de los descansabrazos, pero eso hizo que el asiento casi se volcara.
Entonces optó por la técnica ya mencionada: «dejarse caer». Mirando por encima de su hombro, cálculo la posición de la silla, dobló las rodillas y, afortunadamente, acertó en la tarea, confirmando de paso la resistencia de los materiales.
«Bueno», se dijo, «no fue tan difícil, y no es lo mismo lo resbaladizo de este piso que la textura de la arena que puede ayudar a afianzar la silla antes de sentarme».
Lo difícil fue la acción posterior. Pasadas ya varias horas y a la espera de la hora de cierre del local, esta mujer que se resiste a pasar vergüenzas tratando de levantarse casi rodando sobre sí misma, sigue sentada en medio del pasillo de la tienda, convertida ya en una demostradora involuntaria que comenta con otros clientes interesados: «A pesar de su aspecto frágil, es un asiento muy resistente».

Jajajajajajaja…Muy bueno
=D Gracias, Tere!!! Me alegro que te haya divertido!!