«‘¿Ves? ¡Te lo dije! ¡Ya llegó la feria!», exclama el niño entusiasmado, con los ojos tan abiertos que en ellos se reflejan las luces destellantes de los juegos mecánicos, las casetas de juegos de habilidad y los puestos de juguetes y comida.

¡Qué gran acontecimiento! Todo aquí hay que vivirlo desde la perspectiva de la gente local, pienso. Para el fuereño quizá no sea más que una feria itinerante mal montada, para ellos es todo un parque de diversiones que los visita por tres semanas una vez al año.

Sin embargo, al cruzar la avenida y adentrarme entre la multitud, me dejo encandilar por las luces, los colores, los gritos emocionados y los aromas de la comida. Tomo mi cámara y trato de captar ese atractivo colorido y la algarabía de pequeños y grandes.

Primero me topo con la nostalgia: Ese carrusel que no ha cambiado nada desde que mi mamá me llevaba a «los caballitos», corceles engalanados que giran sin parar en un escenario circular profusamente iluminado. Los montan alborozados pequeñines que van a acompañados de sus padres; estos quizá más emocionados al ver a sus niños tan felices. ¡Así quisiera uno ver a sus hijos siempre!

Luego me llaman la atención los decorados de los demás juegos: un surfista de figura atlética que se desliza por una ola que amenaza con caerle encima y comparte su «mar» con niños en «motos acuáticas», un charrito bajito y regordete que invita a los niños a montarse audazmente en sus burritos, una «Estatua de la libertad» que tomó color y espera a los aventureros que montados en «lanchas» le darán la vuelta una y otra vez, unas sillas voladoras tan garigoleadas que más parecen pequeños tronos con alegres personajes infantiles estampados.

¡Y los puestos de juegos de destreza! ¿Quién lo diría? Mi favorito, el de las canicas, ¡ahora tiene contador electrónico! Y los premios! Hay desde los tradicionales muñecos de peluche y alcancías de colorido yeso ¡hasta teléfonos celulares! Todo para provocar en el visitante el deseo de llevarse un recuerdo a casa, de quedar bien con la novia, o de lucirse ante los hijos con habilidades de las que pocas veces puede presumir.

Ya agotados de caminar y tantas emociones, los paseantes se dejan seducir por el aroma de los puestos de antojitos tradicionales, de pizzas y, ¡mmm, el pan recién horneado! Para los sedientos, una caseta ofrece refrescos bien fríos, pero también ¡micheladas y margaritas! Todo sea porque papá no tenga pretexto para llevarse a la familia antes de tiempo, y todos puedan seguir gozando.

Con sus luces y colores brillantes, sus decorados llamativos, sus juegos mecánicos emocionantes y su multitud de premios, la feria tiene el mismo objetivo de siempre: dar diversión, emoción y alegría a los paseantes… y de paso quedarse con su dinero.