La cita ese viernes 9 de septiembre era a las 2 de la tarde. A la una, ya había gente ocupando las bancas de la Iglesia de San Román. Muchas mujeres engalanadas con sus trajes típicos; algunos señores con la vestimenta formal de camisa blanca y pantalón negro. Los reflectores y las cámaras también estaban ya ahí. Ese día la productora El Mall de Pedro Torres grabaría un promocional para la serie de Tradiciones Mexicanas que transmite Televisa.
El motivo era la ceremonia de descenso del altar del Cristo Negro de San Román, que cada año es sacado en procesión por las calles y el mar para conmemorar su llegada a Campeche el 14 de septiembre de 1565. Una más de las antiguas y coloridas tradiciones locales que tanto arraigo tienen aquí.
Sin embargo, la celebración de este año fue distinta. Una cámara montada en una grúa ocupaba un costado del altar. Se habían dispuesto grandes reflectores con difusores en uno de los altares menores. Había personal de la producción por todos lados, y feligreses que parecían casi asustados ante todo este despliegue técnico.
A los asistentes que se fueron con tiempo para ocupar buen lugar, de nada les sirvió. Una muchachita de producción, que se sentía estrella de cine, sacó a todos los que estaban en el interior de la iglesia: «Espérenme allá, bajo las carpas de Coca-Cola».
La intención era seleccionar a las personas con atuendos tradicionales para colocarlas en las primeras filas de bancas para que dieran lucimiento a las imágenes que se grabarían. Pero luego tardaron en conducirlas de nuevo al interior. El calor era sofocante bajo el toldo rojo, y algunas señoras ya eran de mayor edad. ¡Toda una falta de respeto!
Finalmente, fueron conduciendo a los fieles a sus lugares. En el altar, ya se veía a una cuadrilla de producción de unas 20 personas dando instrucciones y disponiendo la ubicación de las cámaras. En cierto momento, uno de los asistentes se acercó al coro para preguntar a los músicos en qué momento empezaban a tocar comúnmente, si desde el principio del descenso del Cristo Negro o cuándo.
El nerviosismo del joven músico fue evidente. Sin saber qué responder, pidió llamaran al padre Felipe. Cuando éste se acercó, le formularon la misma pregunta. Aquí lo curioso es que, en lugar de que el sacerdote les informara de cuál era el ritual, entregó la batuta al director del promocional. «Tocaremos cuando ustedes nos digan… Los muchachos tocan una muy bonita que se llama ‘Jesús está vivo’, si quieren empezamos con esa», comentó. Finalmente llegaron a un acuerdo y los preparativos continuaron.
La «chica de producción-estrella de cine» se dirigió a los asistentes para indicarles cuándo deberían levantarse y cómo deberían proceder. Se levantan los de la primera fila y luego les siguen los demás. Caminan por fuera y entran por el pasillo central detrás de las chicas que irán al principio después del padre y se acercan al Cristo «a hacer lo que tienen que hacer». Su vocabulario no incluye el verbo «venerar». Qué pena.
El director continuó con sus instrucciones, primero al sacerdote que encabezaría la entrada de los fieles por el pasillo central, y después a los asistentes que ya ocupaban sus lugares, y a quienes unos jóvenes de producción repartían ramitos de flores. «Lo más importante es que no hagan caso a las cámaras, no volteen a verlas», decía el director.
El chico del atuendo y peinado más sui géneris añadió el mensaje de tono ecologista. «Otra cosa muy importante: Por favor, al terminar, llévense las flores a su casa y póngalas en agua para que duren más», solicitó.
Tratándose de un viernes a mediodía, no era mucha la gente, por lo que tuvieron que posponer el inicio de la grabación media hora más, «para que lleguen más personas, porque esperábamos a unas 200». Bueno, habría que sacar los abanicos, porque el calor aumentaba.
Mientras, la iglesia se fue llenando del humo del copal que quemaba el encargado de utilería de la producción. «Sóplale más, necesito más humo aquí». El encargado de la Foto Fija cambiaba de lente, porque «éste no me va a servir para esa toma».
Finalmente se dio la orden de iniciar. La música empezó, los cantos llenaron el ambiente. Los fieles acompañaban la melodía con palmadas y agitando en alto sus ramitos de flores. La cámara portátil enfocaba a los feligreses en medio de una nube de humo que daba misticismo a la iglesia.
El encargado de la cámara en la grúa enfocaba al Cristo Negro todavía en el altar. Los portadores se acercaron, treparon y empezaron a bajar la sagrada imagen. Tres señores sostienen al Cristo Negro por el travesaño de la cruz y otro más soporta el peso de la imagen desde la base, avanzando acuclillado. Tienen que detenerse unos minutos, pues la cámara portátil no ha concluido sus tomas. ¡Qué aguante de ese cuarto portador!
Se retira la cámara portátil y avanzan los portadores hasta el soporte en que colocaran al Cristo Negro para su veneración. El otro camarógrafo desmonta la cámara de la grúa y la coloca en otro soporte que se cuelga a la espalda. Hay gran movimiento entre toda la gente de producción, a la que me uní subrepticiamente como fotógrafa extraoficial, tenemos que ocultarnos para no salir a cuadro.

Colocada la imagen, los portadores se forman al frente de ella, se persignan y se retiran ceremoniosamente, para dar paso a la procesión de fieles que avanza por el pasillo central encabezada por el padre… y una modelo.
El sacerdote se hinca ante la imagen y postrado se abstrae en unos minutos de oración silenciosa. La modelo traída por la producción y otra hermosa muchacha orgullosamente campechana se acercan con enormes ramos de flores amarillas, los depositan a los pies de la imagen y se santiguan. Les siguen hombres, mujeres y niñas con la devoción reflejada en el rostro.
La veneración continúa, y yo parto con mis fotos, mis notas, mis recuerdos y, sobre todo, un estremecimiento interno por esa emoción que los campechanos lograron transmitirme con sus cantos, su entusiasmo y su fervor.
Esta vez, una gran producción televisiva se apropió del escenario y de la organización del evento. Pero me pregunto, ¿no debería ser al revés? Si la idea es dar a conocer las tradiciones, ¿no es mejor respetarlas y reproducirlas con fidelidad? Tendré que esperar un año para presenciar la ceremonia de nuevo y hacer mis comparaciones.
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