Le declaro la guerra a mi fobia y despierto con la firme resolución de perderles el miedo a esas criaturas que vagan por el patio de nuestra nueva granja. Antes de salir, trato de reforzar mi decisión enumerando razones: “Bueno, ahora vivo aquí y, si están por doquier, lo mejor es perderles el miedo. Tampoco se trata de que siga gritando, corriendo y trepando en el primer mueble que encuentro cada vez que los veo. Además, no son tan feos, la pelusa que los cubre parece suave.
Mi marido asegura que son inofensivos. A muchos niños les gustan. Son pequeños, ¿qué me pueden hacer?”. Respiro hondo, abro la puerta y empiezo a caminar hacia mi auto fingiendo que no los veo ni los oigo. Pero, ante la penetrante mirada de los ojillos de una veintena de pollitos, una vez más pierdo la batalla.