Fueron muy felices los primeros meses que estuvieron juntos; incluso se casaron. Pero la cotidianidad sustituyó a la espontaneidad. La pasión se fue apagando poco a poco con llegadas tarde de uno u otro, con cansancios reales o fingidos, con distanciamientos físicos y emocionales.
¿Y ahora yo tengo la culpa?
Remedio casero
Ahí estás, encerrado en tu mutismo y tu desinterés, y no puedo recordar aquellos momentos en que, con adoración, te contemplaba. Cuando hablas, es para quejarte una vez más de los gastos de casa, de la sopa fría, de las camisas arrugadas; y resulta ya imposible recrear aquellas tus palabras que literalmente yo bebía. No me inmuto. Los recuerdos ya no importan. De lo que sí debo acordarme es de cubrir tus galletas preferidas -lo único que aún te gusta de lo que hago-, con ese polvo indetectable que poco a poco me conduce a la libertad.
Un virtual engaño
Me enamoré de ti desde el primer ‘tuit’, ese en el que defendías la caballerosidad aun en los tiempos del pragmatismo y la liberación femenina. Te seguí día con día, y mi sentimiento se confirmó con tus posts sobre tu creencia en el amor, la fidelidad y la honestidad. Intercambiando comentarios surgió nuestra amistad y, con los meses, se tornó en romance a distancia.
Llegó el día en que decidimos vernos en persona. Me enviaste ampliada tu foto de perfil para que te reconociera en el lugar de la cita. ¡Te veías tan guapo! Lástima que al modificarla digitalmente demostraras poco amor por ti mismo, infidelidad a la realidad y una total deshonestidad. ¡Si sólo me hubieras enviado tu foto de pasaporte!

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