La sangre escapaba del cadáver del hombre formando un creciente charco en el piso. De pie a su lado, su esposa temblaba, con una pistola en la mano y el abrigo salpicado.
Pasos apresurados en el pasillo la sacaron de su estupor. Dejó caer el arma y se apresuró a recoger las fotos que yacían dispersas sobre el sofá y a guardarlas en su bolso color crema. Caminó hacia la cocina y telefoneó a la policía. “Mi marido se dio un tiro”, dijo entre sollozos a la operadora. “No sé, no sé. Está tirado, desangrándose. ¡Ayúdenme!” Luego, se sentó serenamente a esperar.
Al escuchar las sirenas que se acercaban, retomó su papel de mujer desconsolada y, estremecida por el llanto, abrió la puerta a los socorristas y los policías. Sin dejar de mirar mientras los paramédicos trataban inútilmente de resucitar a su marido, explicó que regresó del trabajo y lo encontró con un arma en la mano. “No me dijo nada, sólo levantó la pistola y se la acercó al pecho. El disparo ocurrió justo cuando yo intenté arrebatársela”.
Ante sus interrogadores, negó vehementemente que su esposo hubiera dado indicios de querer suicidarse. “Llevaba un par de meses sin trabajo, pero parecía muy optimista. Me decía que estuviera tranquila, que pronto encontraría algo”.
Ella sabía que pronto saldría a la luz la realidad: que a él ya se le habían cerrado muchas puertas pero había disimulado muy bien su situación ante los demás. Un esposo que le mentía a todos, incluida su esposa, no tenía por qué dar señales de sus intenciones suicidas; la coartada perfecta.
Lo ocurrido en las horas posteriores, apenas lo recuerda. Todo fue una vorágine de preguntas insistentes e incesantes, investigaciones cabales e infructuosas, visitas de familiares acongojados y llamadas de amigos curiosos.
Finalmente, tras un funeral poco concurrido, la mujer se quedó sola. Se dirigió al armario y sacó de su bolso color crema las fotografías en que aparecían ella y su amante, las mismas que alguien bienintencionado le había hecho llegar a su marido. Evidentemente, fue la puntilla para él; desempleado, mantenido por su mujer y ahora un esposo engañado.
Aquel día la sorprendió cuando, al verla entrar, le anunció que la mataría. Pero ella no se asustó, estaba segura de que él no tiraría del gatillo; siempre había sido débil de carácter. Le bastaron unas cuantas palabras dulces y convincentes para que él le entregara el arma. Fue justo al recibirla cuando ella decidió ser libre.
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