path-434296_1280A la memoria de mi compadre Luis

I

 Es sólo un instante, pero siento claramente que algo se detiene en mi pecho. Mi corazón reanuda sus latidos con prisa; como si al nacer el dolor aleteara. Primero es una desesperada incredulidad, después una furiosa negación.

Enfrentada a lo inesperado e irreparable, mi alma se lanza en una caída libre que me produce un hueco en el estómago. Nada volverá a ser igual, mi vida como la conocía ya no existe. Fue como si se derrumbara una escalera tras ascender el último peldaño, ya no hay vuelta atrás. Ahora soy lo que nunca quise ser, estoy donde nunca quise estar.

Un frío lacerante se extiende dentro de mí; es como un enorme bloque de hielo que congela mis sentidos. Miro sin observar, oigo sin escuchar, hablo sin saber lo que digo. Todo a mi alrededor me parece extraño, desconocido, intimidante. Me siento abandonada, desconcertada… traicionada.

Por delante, un terreno inexplorado, una vida nueva. Y aquí estoy, en el umbral, con una congoja que me paraliza. Me siento perdida; sin la brújula y la certeza que me habían acompañado hasta este momento. Quisiera tener un instructivo que me guiara para salir del laberinto de pesar, desesperanza y soledad en que me encuentro. Quisiera volver a contar contigo.

II

Los días pasan y mi corazón se crispa cada vez que pienso en ti. Es como un aguijonazo que se irradia en mi interior y que quiere brotar convertido en lágrimas. Aún busco explicaciones para lo inexplicable; razones para lo irrazonable; motivos para lo incomprensible.

Frecuentemente sucumbo y dejo que el dolor fluya, que se desborde, a ver si así se lleva consigo una poca de mi desesperanza. Es cuando me permito añorar lo que ha sido, anhelar lo que ya no podrá ser. Es como abrir las compuertas de una presa rebosante y a punto de estallar; es liberar un poco de la angustia antes de que me desmorone.

Todavía sigo entumecida, aunque ahora estoy consciente de que debo aprender a vivir bajo mis nuevas circunstancias. No me decido a avanzar, no sé en qué dirección dar el primer paso. Miro en torno y no distingo todavía esa esperada señal que encamine de nuevo mi existencia. Ya no cuento con tu mano para que me dé la seguridad de que, aun cuando no sepa a dónde voy, al menos no estoy sola.

Sí, ahora estoy sola en medio de todos los que me rodean. Nadie puede saber lo que siento y lo que pienso. La empatía nunca se igualará a ser yo. Consciente de ello, decido ensimismarme; porque sólo yo sabré, en su momento, cómo volver a vivir.

 III

 No soy la misma, dejé de serlo en aquel instante, y la recuperación es lenta. Es como estar en coma: sigo viva pero desconectada del mundo; cuando al fin despierto, me sigue esperando una realidad diferente. No olvido, pero la reconciliación con esa realidad, la resignación, es una forma de sanación.

El tiempo se encarga de abrirme nuevas puertas. Lo que se vislumbra detrás de alguna de ellas me parece prometedor y la cruzo, y así recupero un poco de mí misma. Soy distinta a lo que fui porque el dolor también deja enseñanzas; pero sigo siendo yo con nuevas experiencias, con nuevas fortalezas, con nuevas ilusiones. Me adentro, entonces, en mi nuevo mundo.

El pesar me sigue acompañando, pero me esfuerzo por encapsular la nostalgia. Cuando vislumbro la añoranza, me envuelvo en una capa de buenos recuerdos. La felicidad, esos destellos en el devenir de la vida, me inunda de repente. Y, poco a poco, las piezas dispersas de mi nuevo yo encajan.

Cuando eso sucede, me siento fuerte y segura; sé que sigues a mi lado, que nunca te has ido, y que puedo tomarme de tu mano siempre que lo necesite.