Cámara en mano, cruzo el umbral, enmarcado por un relieve compuesto por pedazos de columnas y capiteles rescatados del derrumbe. Maravillada, contemplo los jardines y las enredaderas que devoran las ruinas del antiguo ex convento.

Sus robustas paredes de adobe, sus remates de cantera, sus dinteles y arcos me remontan a una época en que siempre pienso que me habría sentido cómoda. Recorro pasillos, entro en salas sin techos; me pierdo en el hermoso laberinto de muros desmoronados y bugambilias.

bugambiliaEn un recoveco percibo una presencia. Me vuelvo y alcanzo a ver una sombra que se aleja. No me da miedo, sólo curiosidad. Sigo el mismo camino, tratando de darle alcance. No la vuelvo a ver, pero llego a lo que era el ala de los claustros. De las paredes cuelgan ahora miles de máscaras, y sus ojos parecen seguirme.

Extrañamente siento reconocer una de las ventanas; elevada, con un par de escalones que permiten llegar a su altura. Los subo y me siento en el último. Miro hacia el exterior y no me sorprende lo que veo: Unos edificios enteros, unos huertos cuidados, unas fuentes borboteantes, unas monjas diligentes.

Ahí estoy, asomada al pasado y, con una sensación reconfortante, vuelvo la mirada a mis manos encallesidas que reposan sobre el faldón de mi tosco hábito negro.