“Cuando termine, nos vemos junto al pozo”, me dijiste.
Mientras te espero sentada en una banca de piedra, observo el interior derruido del ex convento, con sus exuberantes jardines y sus deslumbrantes bugambilias. Nada cambia en este sitio; salvo la altura de las enredaderas.
Al verte llegar, mi corazón da un vuelco; igual que la primera vez que nos topamos en el pasillo de la universidad. ¿Cómo puede ser que tu presencia siga causando esa reacción en mí?
Te acercas sin quitarme la mirada de encima y no puedo evitar sobresaltarme pues ya nadie me ve tan fijamente. Yo te veo igual que antes, ¿será esto lo que llaman ver con ojos de amor?
Te sientas a mi lado, tomas mis manos y tus palabras responden mi pregunta y reviven una esperanza que se resistió a morir: “No has cambiado nada, sigues siendo la misma”.
Ya terminaste y aquí estás, como me prometiste hace años asomado al ataúd en que yo reposaba. Al fin podré dejar de esperarte cada día junto al pozo; al fin podremos flotar juntos por los callejones, las ciudades, los bosques y las playas.
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