2013-01-06 17.41.20

– No me contesta, dijo, y colgó el teléfono volviéndose hacia mí.

Yo la miré sin sorprenderme. El identificador de llamadas sólo ha vuelto más selectivo el acto de responder, sobre todo las inoportunas llamadas de tu madre cada cinco minutos.

Camina de un lado a otro de la habitación, buscando liberar su tensión interior con el movimiento continuo.

– Seguramente ya está en camino, serénate.

– ¿Cómo me pides eso? Tú más bien deberías inquietarte, son las 12 de la noche y la niña no llega.

Yo, más bien, estoy muy tranquilo. Sé que “la niña” tiene 23 años y no viene sola.

Pasan 10 minutos más y la niña, como lo preví, no llegó sola. A mi niña la acompañaba ya la muerte; indecisa, calculadora, agazapada.

En cuanto la vimos herida estalló la locura: salir apresuradamente al hospital, llamar a las autoridades, soportar interrogatorios inoportunos y mezquinos.

Los reproches de mi mujer eran incesantes: “Te dije que algo estaba mal”, “tenías que haber ido a recogerla”, “no debiste darle permiso de regresar tan tarde”.

A mí lo único que me importaba era que mi niña se había librado de un gran peligro con sólo unas magulladuras. ¿Qué son un brazo fracturado y raspones en todo el cuerpo ante la posibilidad de un secuestro? Realmente me enorgullecí de su valentía; no cualquiera se lanza de un auto en marcha.

Los siguientes dos días los pasamos en casa cuidando sus lesiones y sosteniendo largas conversaciones. Fueron días en que renació la amorosa y cercana convivencia que la rutina laboral y su incipiente independencia habían erosionado.

En las pláticas con familiares y amigos que, preocupados, acudieron de visita, no faltaron las advertencias para su futura seguridad. Todos estábamos felices de que hubiera salido bien librada de tan terrible experiencia.

Fueron días extraordinarios. Los últimos antes de que la muerte se presentara.