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Desde el ventanal, presencié el asesinato. En esa noche lluviosa, lo vi todo. Observé cómo el hombre se acercó a la mujer y le disparó cuando ella se negó a entregar su bolso. Él huyó, pero distinguí claramente sus rasgos y su complexión. Incluso lo reconocí cuando se unió a los curiosos. Sentí la frustración de no poder denunciarlo. Es el inconveniente de ser un maniquí de escaparate.
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