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“La educación se adquiere en las calles y en las granjas y las fábricas. ¿Por qué deberíamos mantener a nuestros hijos en la escuela contra su voluntad?”, dice un padre albañil que jugaba cartas en una esquina. “No son necesarios dos años más (de escuela). Solo serían dos años más de holgazanear, y no podemos permitirnos eso”, comenta una madre embarazada de su quinto hijo y desempleada.

Son declaraciones reales de padres pobres en una zona suburbana de Filipinas, donde el presidente introdujo un plan para ampliar la educación básica de 10 a 12 años (es decir, dos años más de preparatoria), y reflejan no solo su desesperación económica sino también su desánimo y carencia de aspiraciones.

Me perdonarán la referencia tan distante, pero pienso que la miseria y la pobreza de visión de esos padres filipinos no está muy alejada de la realidad que se vive en muchas comunidades de nuestro país. No quiero sonar despectiva o poco comprensiva; sé que la forma en que estas personas ven la vida (la de ellos y la de sus hijos) les ha sido impuesta por circunstancias injustas y fuera de su control. Esto es algo de lo que todos deberíamos estar conscientes, antes de atrevernos a juzgar a otros cuya situación dista mucho de la nuestra, y de lo cual deberíamos avergonzarnos si, de alguna manera, está en nuestra mano mejorarlo.

Los temas que aquí abordo son complejos y no se remediarán con soluciones simplistas, sin embargo, yo soy una convencida de que el camino para salir de la pobreza empieza en una escuela y pasa por la educación. Me refiero no solo a la instrucción académica, sino a inculcar en las comunidades más desfavorecidas el conocimiento de que hay un mundo mejor más allá de sus endebles paredes y sus polvorientas calles y que ellos también pueden aspirar a trascender de su entorno inmediato o a prepararse para mejorarlo.

A eso lo llamo yo “abrir horizontes”. Encerrarse en el círculo del “esto fue mi padre, esto soy yo y esto serás tú hijo mío”, mata cualquier aspiración en los niños y los jóvenes. Sé que el desaliento y la decepción están muy arraigados en generaciones que no han visto más que miseria, pero también he sido testigo de que exponer a los niños a la literatura les despierta no solo la imaginación sino que les abre una ventana al mundo.

Hace un par de años, cuando impartí unos cursos de fomento a la lectura a maestros de escuelas rurales, me maravillé con el entusiasmo que los docentes mostraron al aprender las técnicas para la organización y utilización de su biblioteca escolar. Pero también me emocioné cuando me relataron sus experiencias y la respuesta de sus alumnos a sus primeros acercamientos a la lectura literaria.

Cuando te cuentan de niños que empezaron jugando a acomodar los libros y terminaron sentados inmersos en los mundos plasmados en ellos y haciendo cada vez más preguntas incitados por la curiosidad; o de jovencitos que iniciaron un ciclo escolar con un vocabulario escaso y pocas habilidades de redacción y, a través de la lectura, ampliaron su conocimiento del lenguaje y perfeccionaron su expresión escrita, te convences de que los cuentos infantiles y las novelas juveniles son una herramienta poderosa para tomar de la mano a esas nuevas generaciones y pasearlas a través del conocimiento universal.

Escribamos para esos niños y jóvenes, donémosles libros, acerquémosles activaciones literarias (títeres, cuentacuentos, teatro), hagámosles saber que existe otro mundo más allá de aquel en el que viven y, sobre todo, guiémoslos y apoyémoslos para que tengan cabida en él.