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En mi reciente “viaje” a Buenos Aires (cuando leo, yo viajo, no sé ustedes), descubrí que existe un restaurante-cafetería-librería donde venden un perfume inspirado en un cuento de Jorge Luis Borges, Biblioteca de Babel. ¡Una fragancia literaria! ¿Lo pueden creer?
No resistí la tentación de investigar más sobre el mismo (¡bendito Google!) y en un artículo de la revista digital Maleva me enteré que lo creó Fueguia, “la primera marca de perfumes de nicho – más sofisticados aún que los de lujo – de Sudamérica”, como la describen. En la entrevista, Julián Bedel, socio de la empresa, describe al perfume como “con mucho cedro, olor a papel, a encuadernación, un olor antiguo y sofisticado”.
Al evocarlo, de inmediato me transporté al día en que, hace unos meses, entré en la sala de Ediciones La Rana, en Guanajuato Capital, donde nos impartirían un taller de edición digital. Era un salón grande, con antiguas mesas de trabajo en la sección más próxima a la puerta y grandes libreros de madera que ocupaban la mayor parte del espacio al fondo. El olor era a libros, a libros viejos, a papel, a tinta… pero los estantes estaban desnudos.
“Hace unos días trasladaron los libros”, fue la explicación. ¡Pero su aroma continuaba ahí! Impregnando la madera y las paredes, reclamando el espacio que habían habitado durante mucho tiempo y que no quisieron abandonar por completo.
Me pareció paradójico que, en medio del vestigio olfativo de esos volúmenes, estuviéramos aprendiendo a hacer sus versiones digitales, esas que ahora leemos en dispositivos electrónicos que pueden almacenar miles y miles de páginas y que podemos llevar con nosotros a cualquier parte.
Es la evolución de la literatura. Yo disfruto, no saben cuánto, los libros impresos; esos que cubren las paredes de mi casa, decorándola; los que me revelan la personalidad de alguien a quien veo con uno en mano (aún no encuentro manera de saber qué lee quien mira fijamente una pantalla); aquellos que se vuelven legado y mantienen vivo el recuerdo de quiénes nos los regalaron, dónde los compramos o en dónde estábamos cuando los leímos.
Leo en formato digital, sí. Es muy útil “cargar” con los libros en una tableta o un smartphone y poder abrirlos y leer en cualquier “chico rato” que tengamos disponible (además, se ahorra mucho espacio y peso en la maleta durante los viajes, los reales, los que requieren desplazarse físicamente). Pero aún no desarrollo esa relación mnemotécnica que me permita relacionar las líneas en una pantalla con personas, lugares y momentos; algo así como la práctica de “si lo pongo por escrito, me será más fácil recordarlo”.
Creo que cuando leemos libros impresos desarrollamos un proceso multisensorial: lo leo, lo palpo, lo huelo e, incluso, lo escucho al dar vuelta a las páginas. Me falta perfeccionarlo en relación con los libros digitales, quizá el perfume “Biblioteca de Babel” sea lo que necesito. ¿Ustedes qué piensan?

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